domingo, 9 de agosto de 2015

De erizos y terciopelos - Escritos Eli






Carta para alguien

Sólo quisiera que no me detestes, que no me ignores, que no me descuides.
Las fisuras del alma, a esta altura, son irreparables. Espero que con el pasar de los días se tornen menos insoportables.
Lo maravilloso y lo extraño han quedado dispersos en esa hendidura. Racionalmente le atribuyo  su origen a la pérdida. A pesar de que estimo que empezó a resquebrajarse lenta e inadvertidamente antes del suceso.
Ocurre que poseo pasajes secretos, incongruentes, siniestros. Corren sigilosamente entre las neuronas y el líquido cefalorraquídeo. Por esos atajos transmigran los sentimientos, puros e impíos. Se conectan, se entrecruzan. Ciertas veces provocan cortos. Es entonces cuando una emoción fallece, y es irremplazable. Existe la posibilidad de generarse una nueva, un tanto semejante, pero no más que eso.
Los recuerdos, bajo la sombra de los años, son imágenes imprecisas, sombrías. La invisibilidad de lo certero bordea la figura del consuelo.
Las arterias tomaron de rehenes a los glóbulos rojos, estrechándolos hasta el punto de desintegrarlos. Yo ví cuando los linfocitos procreaban sin parar. Observé a los neutrófilos encayarse en el istmo y la esperanza impertérrita en el alma. No siempre acontece lo que uno añora.
Fue ahí que empezó todo. La lucha entre lo anímico y lo físico. La ciencia se tornó altiva e indiferente ante lo inteligible. Algunas veces los sentidos nos engañan y enmascaran los mañanas como días placenteros cuando no lo son. El hecho es que ya no logro vislumbrar la sombra del pasado, porque la oscuridad viaja ineludiblemente hacia el futuro, sin estación de parada, sin recambio ni espera. 

La velocidad con que transcurre el tiempo provoca un sonido inagotable, agudo y punzante. Los oídos emprenden la menuda empresa de emanar ese fluido amarillento puctáceo. Los ojos cambian de tono y aniquilan el brillo. Yo sólo seguí órdenes. He aquí el producto de lo empírico. Una sóla dosis bastó para llegar a esto.
Ahora me derrumbo en la geografía de mi espacio inalienado. Me replico, con lo poco que queda sano. Hundida las mejillas, adosadas a los maxilares, no queda otra alternativa. Se despliega mi otro yo, urdido entre alambres y cordeles, labrado con cinceles dos laureles. Se traspola, se aleja y me abandona. Es la carne subsumida por la gloria derrotada; o quizás el alma, que se esfuma de mi apesadumbrada memoria.


Elizabeth Gröbli - 04/01/15 


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